Por Majo Reina

“Si soy mujer, aunque no me maquille, no use tacones o no chupe pitos” termino uno de mis chistes favoritos en el, ya tradicional, Django, ubicado en el centro norte de Quito y en el que, todos los jueves, es casi una obligación ir a probar material. Escucho risas. Algunos aplausos tímidos. Y, de vez en cuando, un murmullo aprobando el chiste, o rechazándolo, pero me gusta creer lo primero.

Desde que empecé a hacer Stand Up puedo hablar con menos complejos y más seguridad de estos temas, o sea, de mi homosexualidad y, aunque ha sido un proceso catártico, aún es difícil. Sobre todo, si me imagino que alguien de mi familia pueda escucharme haciendo comedia. 

Mi orientación sexual es casi casi mi carta de presentación ante el público en un show: el público se identifica, escucho muchos aplausos, recibo muchas felicitaciones por “mi valentía”, pero cuando se apagan las luces, se desconecta el micrófono y se terminan las risas vuelvo ser yo, la chica que aún le teme al rechazo y a los prejuicios. 

Y, a pesar del miedo que me causa la exposición que tiene por naturaleza ser comediante, me encanta pensar que pronto (¿o no?) pueda liberarme del terror que me causa pensar que en familia puede quitarme mi apellido por burlarme abiertamente de mí, de ellos y de nuestro apellido. Porque, a final de cuentas, ¿qué haría yo sin ser Reina, un apellido al que le debo tantos chistes?.

Por Majo Reina

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